Venimos al mundo con la necesidad de corregularnos para sobrevivir. Los bebés y sus madres se involucran mutuamente en la regulación recíproca, el bebé se dirige naturalmente a su madre y esta responde, de manera que juntos crean un estado fisiològico y psicológico (Apicella et al., 2013). Esta experiencia interactiva tonifica el sistema nervioso del bebé a partir de la creación de su perfil neuronal individual. Cuándo ocurren los esperados y comunes momentos de ruptura, la madre regulada y en sintonía se da cuenta y procede a la reparación y el bebé experimenta seguridad en la regulación interactiva. Un ejemplo de ello es una madre que está jugando con su bebé y se da la vuelta para interactuar con su hijo mayor. El bebè siente la pérdida de la conexión e identifica su angustia ( grita, busca a su madre, llora). La madre reconoce la desregulación de su bebe y vuelve a prestar atención a través de la mirada y la voz prosódica. Tronick y Reck (2009) demostraron que el impacto de los momentos de falta de sintonía (desajuste interactivo) no es necesariamente desfavorable, de hecho, el bebé comienza a tener una expectativa negativa a cerca de sus interacciones futuras cuando las rupturas se dan pero no se reparan.
